José González Pinilla
Allí se le ve sentado todos los días. Esperando a que alguien llegue de urgencia para poder solucionarle su problema con el tiempo. Se refugia bajo una vieja parada a la salida de la Cabima. Solo tiene una pequeña mesa y una silla de hierro. En ocasiones hace su trabajo en medio del bullicio de los que suben y bajan de un bus. Y en medio del estruendo de los camiones que pasan a diario por ese lugar. Sobre la mesa hay una tenaza, un alicate y varias partes de un reloj. Un letrero anuncia su oficio. El otro día tenía en su ojo derecho una vieja lupa de bolsillo. Examinaba con minuciosidad la parte interior de un reloj de mano para mujer. De pronto una pequeña pieza de esa máquina que mide el tiempo rodó por el suelo. Un señor que esperaba un bus lo ayudó a buscarla porque tuvo la rara impresión de saber donde había caído. La preocupación del Relojero, en ese momento, no era de que nunca la pudiera encontrar sino de que alguien de los que estaban en la vieja parada la estropeara al dar un paso. La búsqueda duró menos de cinco minutos. Finalmente la recuperó. Una vez, una mujer se le acercó con un bolso lleno de relojes y le pidió que le ajustara el tiempo. Nunca supo porque esa mujer morena, de brazos gruesos y cabello rojizo llevaba tantos relojes. Tal vez para revenderlo en la Central. Ese día tuvo bastante trabajo. Ahora lee un periódico del día, que le compró al canillita del frente, para matar el tiempo.
"La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve de nada": Gabriel García Márquez.
sábado, 24 de abril de 2010
viernes, 16 de abril de 2010
El condominio
Mario Andrés Muñoz
Fuimos piadosos y generosos con la criatura desde el primer momento. Ejercimos nuestra bondad apenas el vecino de la 4Runner se lo encontró. Tal vez fue que a pesar de estar sucio y maloliente parecía que sonreía. Tenía una cicatriz en un extremo de la boca que daba esa impresión. Decidimos cederle el espacio de cemento donde poníamos los nuevos tinacos de basura. Era un cuadrante cómodo donde él escogió para dormir. Le cedimos ese espacio y dejamos que nuestros tinacos se estropearan a la intemperie. Fuimos así de solidarios porque un vecino, el del BMW negro, se dio cuenta que no rompía las bolsas de basura como los gatos. Sino que las abría con todo cuidado. El se sabía comportar. No emitía sonido alguno. Se perdía durante el día en sus vagabunderías por la ciudad y regresaba por las noches. Nuestros niños no tenían que ver las escoraciones de su piel, su melena revuelta y su expresión amarga. Era ya parte del vecindario. Nosotros por supuesto en Navidad le dábamos su cena como corresponde. El conserje del edificio nos contaba que disfrutaba mucho ese día especial. ¿Por qué será que siempre algo rompe la armonía?. La primera ropa usada, algún par de zapatos viejos o comida sobrante, todo terminaba donde él y él, a cambio, no nos molestaba gran cosa. Pero no. Siempre hay algo que rompe el orden de las cosas. Fue la señora de la 1-A, la de la Prado Rojo la que se dio cuenta que había crecido demasiado, al punto que con sus talones había roído la pared de cemento. Nos indignamos porque la pintura es cara , qué decir del cemento y de la mano de obra. Enseguida la Junta Directiva convocó a una Asamblea General, y por unanimidad se decidió sacar a la dañina criatura. Nos organizamos tan bien que fue un gusto. Reparamos el daño y pusimos una sólida cadena para que no vuelva jamás nadie a afectar nuestra pared. Somos generosos pero nos gusta la ley y el respeto a la propiedad privada. Es algo que cualquiera puede entender. Hoy nos acordamos de él por los molestos gatos que en estos días de lluvia merodean hambrientos nuestros relucientes tinacos. Estos animales riegan las basura, no como a ese muchacho al que durante años le dimos una generosa acogida.
Fuimos piadosos y generosos con la criatura desde el primer momento. Ejercimos nuestra bondad apenas el vecino de la 4Runner se lo encontró. Tal vez fue que a pesar de estar sucio y maloliente parecía que sonreía. Tenía una cicatriz en un extremo de la boca que daba esa impresión. Decidimos cederle el espacio de cemento donde poníamos los nuevos tinacos de basura. Era un cuadrante cómodo donde él escogió para dormir. Le cedimos ese espacio y dejamos que nuestros tinacos se estropearan a la intemperie. Fuimos así de solidarios porque un vecino, el del BMW negro, se dio cuenta que no rompía las bolsas de basura como los gatos. Sino que las abría con todo cuidado. El se sabía comportar. No emitía sonido alguno. Se perdía durante el día en sus vagabunderías por la ciudad y regresaba por las noches. Nuestros niños no tenían que ver las escoraciones de su piel, su melena revuelta y su expresión amarga. Era ya parte del vecindario. Nosotros por supuesto en Navidad le dábamos su cena como corresponde. El conserje del edificio nos contaba que disfrutaba mucho ese día especial. ¿Por qué será que siempre algo rompe la armonía?. La primera ropa usada, algún par de zapatos viejos o comida sobrante, todo terminaba donde él y él, a cambio, no nos molestaba gran cosa. Pero no. Siempre hay algo que rompe el orden de las cosas. Fue la señora de la 1-A, la de la Prado Rojo la que se dio cuenta que había crecido demasiado, al punto que con sus talones había roído la pared de cemento. Nos indignamos porque la pintura es cara , qué decir del cemento y de la mano de obra. Enseguida la Junta Directiva convocó a una Asamblea General, y por unanimidad se decidió sacar a la dañina criatura. Nos organizamos tan bien que fue un gusto. Reparamos el daño y pusimos una sólida cadena para que no vuelva jamás nadie a afectar nuestra pared. Somos generosos pero nos gusta la ley y el respeto a la propiedad privada. Es algo que cualquiera puede entender. Hoy nos acordamos de él por los molestos gatos que en estos días de lluvia merodean hambrientos nuestros relucientes tinacos. Estos animales riegan las basura, no como a ese muchacho al que durante años le dimos una generosa acogida.
miércoles, 14 de abril de 2010
El regreso del Presidente
Eliana Morales Gil
Nadie sabe con certeza como lo hizo, pero ganó. Ni él mismo se explica como logró ese triunfo arrollador que lo llevó una vez más al Palacio Amarillo. Estaba de último en las encuestas y ni los periodistas más adictos a la política lo entrevistaban, era un caso perdido. Pero, esa noche del pasado 4 de abril, ocurrió el milagro. El viejo ex presidente Ernesto Ferreira, aquejado por una cadena de males que le habían corroido el cuerpo en los últimos años, arrasó en las urnas. Después de 20 años de haber sido presidente de la República, Ferreira volvió al poder. Vaya paradoja: casi en el ocaso de su vida, su pueblo lo elegía mandatario. Pero fue un triunfo con sabor amargo: se le veía enfermo y vencido.
El día que tomó posesión hizo un esfuerzo por ponerse de pie. “Espero tener fuerzas para esta larga jornada”, le dijo a su joven y vigorosa esposa, quien a su vez contaba los minutos para saborear la gloria y el poder como en los viejos tiempos.
Y allí estuvo el anciano Presidente. Fue aclamado por el pueblo que le dio los votos, por los siete presidentes de países del área que llegaron a felicitarlo, y hasta su discurso estuvo a tono, aunque tenía un dejo de esperanza y nostalgia. Sonó a despedida.
Murió dos meses después de haber tomado posesión de su cargo, fue una victoria efímera y fugaz. Un país entero quedó huérfano y sin rumbo, y una viuda joven y pobre quedó a merced del destino.
El canto de un pájaro lo despertó. Le dolía la espalda, y como siempre la cabeza le daba vueltas: “hoy es el día”, se dijo. Segundos después entró su mujer contoneando sus curvas. “Ernesto, hoy es tu día, estoy segura de que la gente te volverá a elegir Presidente”, le dijo.
La miró serenamente y le lanzó la bomba: “soñé que moría después de dos meses de haber asumido el mandato...ya no quiero ser Presidente”.
Un sueño mató a otro sueño.
Nadie sabe con certeza como lo hizo, pero ganó. Ni él mismo se explica como logró ese triunfo arrollador que lo llevó una vez más al Palacio Amarillo. Estaba de último en las encuestas y ni los periodistas más adictos a la política lo entrevistaban, era un caso perdido. Pero, esa noche del pasado 4 de abril, ocurrió el milagro. El viejo ex presidente Ernesto Ferreira, aquejado por una cadena de males que le habían corroido el cuerpo en los últimos años, arrasó en las urnas. Después de 20 años de haber sido presidente de la República, Ferreira volvió al poder. Vaya paradoja: casi en el ocaso de su vida, su pueblo lo elegía mandatario. Pero fue un triunfo con sabor amargo: se le veía enfermo y vencido.
El día que tomó posesión hizo un esfuerzo por ponerse de pie. “Espero tener fuerzas para esta larga jornada”, le dijo a su joven y vigorosa esposa, quien a su vez contaba los minutos para saborear la gloria y el poder como en los viejos tiempos.
Y allí estuvo el anciano Presidente. Fue aclamado por el pueblo que le dio los votos, por los siete presidentes de países del área que llegaron a felicitarlo, y hasta su discurso estuvo a tono, aunque tenía un dejo de esperanza y nostalgia. Sonó a despedida.
Murió dos meses después de haber tomado posesión de su cargo, fue una victoria efímera y fugaz. Un país entero quedó huérfano y sin rumbo, y una viuda joven y pobre quedó a merced del destino.
El canto de un pájaro lo despertó. Le dolía la espalda, y como siempre la cabeza le daba vueltas: “hoy es el día”, se dijo. Segundos después entró su mujer contoneando sus curvas. “Ernesto, hoy es tu día, estoy segura de que la gente te volverá a elegir Presidente”, le dijo.
La miró serenamente y le lanzó la bomba: “soñé que moría después de dos meses de haber asumido el mandato...ya no quiero ser Presidente”.
Un sueño mató a otro sueño.
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